Cuéntame un cuento… Fábula Nº1

1 marzo 2009 at 14:33 (Uncategorized) (, , , , )

Miles de personas perdían sus casas y sus empleos. Miles de personas se quedaban sin comer; miles de niñas y niños, sin ir a la escuela. La crisis caía sobre la población como una pesada losa. Miles de personas seguían muriendo por las hambrunas.

Mientras tanto, el rey, en su palacio, dictaba leyes que subían los impuestos, pues en palacio de ningún modo se debería notar la crisis. Oculto el cuerpo bajo una capa de terciopelo, oculta la cara bajo un manto de cinismo, el rey comía productos exóticos y dirigía a la guardia real para aplacar las rebeliones de los hambrientos.

Miles y miles de personas fueron apresadas, condenadas, torturadas, fusiladas. Miles de personas vivieron mucho tiempo bajo un velo de terror a la represión. La vida se había vuelto gris al traspasar la frontera de la casa real hacia el exterior.

Y, un buen día, el rey enfermó. Entonces llegaron sacerdotes desde todos los rincones del reino, convocados por la llamada agónica del monarca. Rezaron a todos los dioses -a todas las diosas- mediante infinidad de cánticos y plegarias, pero su salud seguía empeorando.

una mañana, el rey murió. El país se sumió en una suerte de guerra civil silenciosa, ideológica, no sangrienta. La población, desconcertada, se organizó para levantarse; y millones de personas pudieron, al fin, expresar libremente su opinión. La sublevación fue sublime. Nadie resultó parjudicado. Los ricos se hicieron menos ricos, y aprendieron a administrar sus recursos. Los pobres se hicieron menos pobres, y consiguieron superar las barreras sociales que hasta entonces les habían sido impuestas, y pudieron prosperar. Todo mejoró. La gente comenzó a gestionarse.

El rey se despertó en un liga oscuro y húmedo, frío. Ya no tenía una capa de terciopelo en su cuerpo ni un manto de cinismo en su rostro. Tenía miedo. Apareció un hombre fornido, imponente, que lo dirigió hacia un lugar menos sombrío, pero en todo caso frío y húmedo. Una mesa apareció como de la nada y el hombre grande se sentó al otro lado, enfrente al rey.

-Va a trabajar usted tejiendo vestidos -dijo el hombre.

El rey, atónito, no dijo una sola palabra; asintió silenciosamente y se dejó llevar a otra estancia, donde le enseñaron el oficio y fue puesto a trabajar. El trato que recibía el rey era gélido, aunque nunca violento o cruel. Recibía dos raciones de comida diarias, compuestas por pan, sopa y agua. Se puso a tejer. Y pasó un año, pasaron dos años, que dejaron una huella de cuarenta años en el rostro del rey. No recibió bonificación salarial alguna. Pero todos los días obtenía puntualmente su pan y su sopa.

Cuando se ponía el sol, se recostaba a dormir en un jergón de paja junto al telar. La estancia en la que se encontraba era enorme, seguía siendo fría y húmeda, y en ella se encontraban otras muchas personas haciendo lo mismo que él. Nunca habló con nadie, pues la vergüenza impregnaba su alma. Pero, en realidad, nadie hablaba nunca. Tampoco intentó huir, no intentó salir de allí. En su interior, algo le decía que habría sido imposible, que no lo conseguiría nunca.

hell to heaven3Una mañana, volvió el hombre grande, que esta vez era aún más grande, y lo condujo por oscuros pasillos hasta llegar a un pequeño huerto.

-Tu vida ahora será la de un campesino. Cobíjate en esa cabaña y planta vegetales. Comerás de lo que tú mismo produzcas.

El rey permaneció sin decir nada. Hizo lo que se le ordenó. “Los años de telar se han acabado”, pensó; así que asintió, de nuevo silenciosamente, y se puso a trabajar. La vida solitaria en la incomunicación le pasó factura. Ahora hablaba en alto consigo mismo la mitad de la jornada. No huyó, pero no por miedo esta vez, sino por conformismo. Pasaron así dos décadas, pero por la salud del rey había pasado cientos de años. Se sentía mayor y al borde de la muerte de nuevo.

Entonces tuvo un pensamiento. “Me lo merezco, esta existencia en el Infierno es culpa mía, por haber sido un tirano y un déspota en vida. Ahora que ya no puedo morir, me queda pasar toda la eternidad con esta sensación de morir sin estar muriendo”.

Varios días después de este primer pensamiento sobre su pasado terrenal, apareció una persona en su huerto. El rey volvió a sentir el miedo en su piel, aunque esta vez el miedo era a la interacción con las personas. El rey, al fin, había dejado de ser rey -para que esto ocurriera había hecho falta varias décadas- y no sabía cómo afrontar una situación de cercanía con otra persona.

La persona del huerto, un muchacho rubio, de rostro amigable, hizo un gesto al rey para que se acercara. Iba vestido con las telas que le rey había confeccionado, con una túnica de color violeta y unos pantalones azules. El muchacho observó -no sin complacencia- que la actitud del rey era servil y sumisa.

-Vengo para hacer tu estancia en este lugar más llevadera -comunicó el joven.

Al rey se le iluminó la cara, pero no encontró palabras que decir. En silencio se mantuvo durante dos semanas más, mientras el joven -que a estas alturas se había acomodado en la cabaña y pasaba con él el día entero- hablaba, a modo de monólogo, sobre los más variados temas.

Por eso, el rey, un día, habló. Y ya no se supo callar. Se fraguó una relación íntima entre los dos, pues aparte de las tareas del campo no tenían mucho más que hacer. Se pasaban horas y horas hablando, y tantas o más horas compartiendo un silencio cómplice.

Siguieron cinco años de conversaciones y silencios, de ternura.

Cierto día, con los primeros rayos de sol, el rey abrió los ojos. Sintió un ligero dolor de cabeza y el estómago vacío, y se levantó. Le horrorizó ver que el muchacho no estaba. Había desaparecido. Se había ido. Lo había dejado completamente solo, otra vez. Se sintió abandonado, maltratado. Lloró, gritó, siguió llorando y, ya sin fuerzas, se sentó a reflexionar bajo la sombra del único frutal de su huerto. Qué castigo tan terrible. El Infierno había vuelto a ser Infierno. No entendía qué fatal error podía haber cometido para sufrir de nuevo un castigo así. Estuvo todo el día sentado, pensando en los buenos momentos de los últimos años, en los que lo único que había tenido era la compañía del joven que un día apareció en el huerto. Tardó horas en comprender que se había enamorado.

“Me he enamorado de otro hombre, ese es mi castigo”, pensó.

-El amor prohibido, sucio, pecaminoso. Ahora sé por lo que estoy aquí. -se dijo a sí mismo, hablando en alto.

Él, en vida, había castigado con la muerte -y a veces con cosas mucho peores- este tipo de relación. En su reino, el amor homosexual merecía la pena máxima.

Tardó otras muchas horas, quizás días, en asumirlo, en echarlo de menos, en quererlo en la distancia. Realmente, ya le daba igual, no podía ser tan malo, sólo quería que volviera, que le hablara, abrazarlo. Y entonces, en el momento en que tuvo claros sus sentimientos, apareció el muchachode nuevo.

Corrió a abrazarlo -cosa que nunca antes había hecho- y le dio un beso en la boca. Fue el beso más dulce que había dado nunca. Un beso tierno y pasional. Un beso de esos que se le dan sólo a quien amas profundamente. Pasaron días, o quizás fueran horas, abrazados, besándose, acariciánose, queriéndose. Nunca el rey se había senido tan bien con ninguna de las mujeres que había tenido en palacio, cuando aún estaba vivo. Entonces, el joven dijo:

-Debes saber que vamos a abandonar este huerto, esta cabaña y este modo de existir.

Al rey volvieron a empañársele los ojos en lárgrimas.

-No te preocupes. -dijo el muchacho- Has cumplido el objetivo, ya nos podemos ir.

-¿Objetivo? -preguntó el rey, aunque no tuvo muy claro si lo había dicho en alto o lo había pensado en silencio- ¿Acaso tiene un objetivo el Infierno más que el castigo eterno?

-¿El Infierno, dices? -se extrañó el joven- Amigo, -continuó- estás equivocado. No te encuentras en el Infierno. Estás en el Cielo.

-Esto no puede ser el Cielo. Llevo décadas y décadas siendo castigado justamente por las acciones que hice cuando estaba vivo -se mantuvo el rey.

-Te equivoca de nuevo, querido -contrapuso el joven.- A lo largo de estos años, has aprendido a trabajar con las manos, cosa que nunca habías hecho; has aprendido a comer del fruto de tu propio esfuerzo; has aprendido el valor que tienen las palabras; has aprendido a reconocer tus errores, aunque formen parte del pasado; has aprendido lo que es la humildad, la amistad, el amor y, lo que es más importante, has aprendido a ponerte en el lugar del otro, aquél a quien condenabas a muerte anteriormente, y a respetar por tanto, a las personas que son diferentes. Sé, amigo mío, que ya nunca volverás a hacer lo que hiciste, que has cambiado completamente y que sabes lo que es la tolerancia. Por todos estos conocimientos adquiridos has de saber que estás, y que desde tu muerte estuviste, en el Cielo.

El rey, atónito, volvió a quedarse sin palabras, como hacía ya tiempo que no le ocurría. Estaba desconcertado. Todo este tiempo haía pensado en su castigo, pero ahora descubría lo que realmente había aprendido. El jóven tomó de nuevo la palabra:

-He de hacerte saber, en este momento, que dispones de dos opciones: obtener la libertad total, y poder recorrer todo el Paraíso, o la vuelta a la vida y sus ataduras por medio de la reencarnación.

Y el rey se pronunció.

-Deseo volver a vivir. Pero no quiero perderte.

Un día de abril de un año cualquiera, en un país donde  miles de personas perdían sus casas y sus empleos, se quedaban sin comer, miles de niñas y niños sin ir a la escuela… en un país donde la crisis caía sobre la población como una pesada losa, nació una niña, que mientras crecía asombró a todos con su sabiduría. Pareciera haber vivido varias vidas antes que esta, por las decisiones que tomaba. Y ella sabía que había otra mujer con la que compartiría destino; con el paso del tiempo, se encontraron.

El rey se había vuelto reina, y la reina tomó la sabia decisión de convertirse en presidenta. Así comenzaba una nueva era. El reino de los sueños: la República.

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